Con la mente bastante nublada prendí un cigarrillo en la esquina de Diagonal Norte y Sarmiento. Lo fumé sin ganas con el obelisco mirándome fijamente y con las imágenes de dos noches atrás recurriendo en mis pensamientos. Lo que dije, hice y el “no” que no supe decir. Intento recapitular y descifrar en que momento lo arruiné.
Sabía que la mejor alternativa era volver en taxi porque ya corría con media hora de desventaja para llegar en horario a casa, y también sabía que no tenía muchas intenciones de compartir el transporte público con el resto de la sociedad. A juzgar por mi suerte sabía que el chofer que me tocara iba a ser el más verborrágico de la ciudad y así fue. Quiso encarar la charla con esto de los Panamá Papers, pero creó que enseguida noto mi poca predisposición para seguirle la charla, Mientras transitábamos la imposible 9 de Julio en horario pico en la radio volvió a sonar la misma canción que hace dos noches atrás. Las señales me parecen algo hermosamente inexplicable.
Ahora sobre la autopista la que me mira fijo es la Luna, está más linda que nunca. Tan linda que se le puede ver el aura. Me pregunta si prefiero ir por Richieri o Liniers, le digo que la primer opción me parece más rápida, aunque en realidad me encantaría decirle que me lleve lo más lejos que pueda.
A esta altura el importe del viaje es lo que menos me importa. Estoy dispuesta a pagar una fortuna por un rato de paz.
Elegí el medio y el camino que me deje lo más rápido posible en casa, sabiendo que llegar es lo último que quiero hacer. Ir en contra de mis deseos es una de las cosas que mejor me sale.