Algo extraño y casual sucedió con mi llavero, una especie de señal que me hizo pensar que de algún modo estoy haciendo las cosas bien.Yo solía acompañar mis llaves junto a dos llaveros regalados por gente con la que tuve historia.
La primer señal sucedió el día anterior a que aprenda a llorar por dentro. Cierto día llegué de mi casa y encontré en el fondo de la cartera, desprendido de mi manejo de llaves, el llavero que alguien me había regalado hace tiempo atrás. Inmediatamente al verlo, no solo no tuve ganas de volver a hacerlo parte del manojo, sino que pensé ahora es tiempo de despegarme para mi también.
Pasaron los días, y en mi llavero aún quedaba el que el falso profeta me había dado. No lo había quitado porque era de Londres, una ciudad que me gusta tanto que me hizo dejar de lado la procedencia del mismo por lo que se quedó, hasta el día en que abrí la puerta de nuevo hogar, y ahí estaba, el llavero Londinense en la vereda, desprendido igual que yo, de todo lo que alguna vez me hizo mal.