Nunca me gustaron mucho las instrucciones. A las únicas que les tenía efecto eran a las que Julio me daba a través de sus Historias de Cronopios y de Famas. Siempre hice las cosas guiada por ese instinto que vaya uno a saber cuando me empezó a fallar.
La cuestión es que en una de esas noches en las que no parás de conectar la realidad con la realidad que en realidad recreas (en donde las ganas se vuelven necesidad y la ansiedad llega al punto de hacerte sentir como un prisionero de campo de concentración que recurre al espiritismo porque ya nada le queda más que tirar y probar a ver que pasa) probé seguir las instrucciones de una fuente bastante poco confiable y certera, con esa sensación de que estás haciendo un bollito con lo poco que te queda de dignidad y amor propio, pero al fin y al cabo no importa porque sabés que eso solo queda entre vos, la oscuridad de tu cuarto y las instrucciones que algún loco mas loco que vos alguna vez probó.
Lo grave de la situación es que las instrucciones funcionaron y ahí estabas vos, "invocado" una madrugada de lluvia pensando en lo mismo que yo, pero sin instrucciones mediante y como una suerte de milagro que vino para salvar lo que quedaba de mi noche y hacer que la cuota diaria de Soma que me das me deje rozando una sobredosis.